—La exaltación que veo en tí me obliga á revelarte un secreto, mi secreto.
—¿Tu secreto?
—Hice propósito de que ningún nacido, á excepción de mi padre á quien escribí ayer, lo supiese por ahora; pero siento el deseo y aun la necesidad de revelártelo.
Esther oyó con la más viva ansiedad.
—Dímelo pronto.
—Es un secreto de esos que no se dicen más que á Dios, porque sólo Dios puede juzgarlos.
—¿Y yo no?
—No: tú me juzgarás mal cuando lo sepas. No penetrarás fácilmente mis móviles... Pero te confesaré esta idea por el grande amor que te tengo, y confío en que la apoyarás.
—¿Cuál es?
—Yo no soy ni seré nunca cristiano.