—Pues sea. Yo no he de contrariarte ya—dijo la madre con resignación.—Pero necesitas descanso. Temo por tu salud. ¿Por qué no duermes?

—No puedo dormir.

—¿No te acuestas?

—No... necesito estar en vela... deseo meditar...

—¿Más todavía?

Esther, llena de amargura, contempló á su hijo como se mira un bien próximo á perderse, y estrechándole en sus brazos y cubriéndole de ardientes besos, le dijo:

—Ya que te pierdo mañana, hijo de mi corazón, conságrame esta noche, no te separes de mi lado, inclina tu cabeza sobre mi regazo y descansa; reposa tu cerebro, que hierve como un volcán.

—Quiero meditar—repitió Morton cediendo á la atracción de su madre y sentándose junto á ella.

—Medita aquí sobre mi pecho lleno de amor por tí—dijo Esther obligándole á reclinarse en el sofá y á que recostara su cabeza sobre el regazo de ella.—Sea esta una noche de despedida. Hablemos de nuestra casa, de tus hermanos, de tu padre, de Altona, donde todos hemos nacido... Hijo querido, no me niegues este consuelo.