—¿Que no es católica?

—No, porque no pertenece á esa religión quien no se somete ciegamente á la autoridad, quien de los dogmas escoge el que más le agrada y rechaza los demás. Sus creencias no pueden ser más endebles: lo sé yo, que he recibido los más íntimos secretos de su conciencia, la cual el amor ha transparentado ante mis ojos. Es un alma llena de dudas acerca de lo más fundamental. Me ha confiado las rebeldías de su razón, y oyéndola, ¡cuántas veces he deseado tener coyuntura de sembrar en aquel espíritu una semilla nueva! Toda su doctrina religiosa vendrá abajo de un soplo, madre mía. En ella no existe de sólido y temible más que la fascinación de Cristo, de aquel hombre extraordinario que supo presentar las verdades antiguas con forma encantadora. Tiene aquel sentimiento fervoroso que se deriva de la compasión y de la admiración, porque nada conmueve tanto como el padecimiento, nada conquista los corazones como el espectáculo de una víctima. Esa simpatía por el mártir constituye el nervio de la religión cristiana. Más prosélitos ha hecho la compasión que todos los principios y todas las ideas, porque la humanidad es así: hace muchos siglos que se ha vuelto mujer, dejándose dominar por los llorones.

—Pues yo te digo—replicó Esther con energía,—que antes te beberás todo el mar que arrancar del corazón de una mujer cristiana la fascinación del hombre clavado, la simpatía del mártir, la compasión por la víctima. ¡Ay! los que idearon esa historia ya supieron lo que hacían... conocían el corazón humano y el gran flaco de la humanidad, es decir, lo que ésta tiene de mujer.

—Yo confío en que lo arrancaré, madre—afirmó Daniel con balbuciente voz.—Todo cuanto vive en mí me dice que venceré. Esta idea, madre, es demasiado grande para ser mía. Es de Dios.

La gravedad de su acento y su emoción afligieron á Esther, quien, comprendiendo que la mente de su hijo se hallaba en estado de vivísima sobreexcitación, no quiso contrariarle.

—La revelación de tu secreto—le dijo abrazándole con ternura,—ha modificado un poco mi juicio. Quizás logres convencerme. ¿Por qué no aplazas tu determinación?

—No puede ser, madre, no puede ser—replicó Morton bruscamente levantándose con muestras de agitación.

—Un día, un solo día... Hablaremos.

—Ni un día, ni una hora. Mañana, mañana.