—¡Fanático! ¡fanático incorregible!—exclamó con agitación Esther, clavando los ojos compasivamente en su hijo.—Quieres dar un tinte religioso á tu acción, cuando lo que te mueve es el egoísmo del amor mundano. Es común en todas las religiones que los enamorados se vuelvan místicos ó por astucia ó por candidéz, y que sean arrastrados por su pasión á las mayores locuras, suponiendo que les inspira una idea religiosa. Hacen de la religión un madrigal, engañando á todos y á sí mismos.

—Por tu vida, ¿me crees de esos?

—Sí, porque siempre tuviste demasiado entusiasmo por la Escritura, y has pasado parte de tu vida comentándola y ahondando en ella, buscándole sus más impenetrables misterios, es decir, echándola á perder. Ultimamente, cuando volviste á casa después de tu naufragio, te engolfaste de tal modo en la teología rabínica, que tuvimos que tapiar tu biblioteca, como la del gran caballero español. Vivías exaltado y melancólico... ¡Pobre hijo mío! ¡Cuán cierto fué mi presagio de que tu mente se desquiciaba!... En todo lo que hoy meditas y proyectas noto los extravíos del visionario y los delirios más absurdos. No puedo decir que no haya cierta grandeza en tus concepciones; pero lo que sí aseguro es que no hay en ellas sentido común.

—Yo creí—dijo Morton con desaliento,—que tu superior inteligencia las comprendería y las estimaría.

—A nosotros nos han educado en lo práctico, hijo querido. Esta costumbre de vivir y pensar en lo práctico me hace ver muchos inconvenientes en tu proyecto. El principal es que no podrás quebrantar la firme fe de la que llamas tu esposa. Desengáñate, ningún católico se convierte á nuestra pobre ley, olvidada y sin prestigio, ni tampoco á ese deísmo vago y sin culto, grande si quieres, pero que todo lo dice á la razón y es mudo para la fantasía, para el corazón y para los sentidos. Aun considerando en esa joven el amor más ardiente hacia tí, no concibo que reniegue de la religión de sus padres, de esa religión viva y que salta á la vista, y se oye y se habla. La nuestra y tu deísmo son como el idioma hebreo, una lengua sublime, pero que nadie entiende. ¡Infelíz hijo mío, infelíz mozo, extraviado por los delirios de la mente! No supongas en ese Dios grande, como dices, en ese Dios frío y sencillo como las ideas, una atracción que no tiene. ¡Esperas desencantar á una cristiana, á una mujer que ha nacido enamorada ya del hombre clavado en la cruz! Antes saldrá el sol por Occidente.

—Madre, tú no tienes entusiasmo. Tus ideas religiosas son rutinarias. La rutina no hará maravillas en el orden moral.

—Pasó el tiempo de las predicaciones y de las guerras por la fe. Cada cual debe arreglarse con lo que tiene, sin ir á buscar nada á casa del vecino... ¡Cómo te engaña tu fanatismo! Ya verás cómo te desprecia esa mujer cuando descubra tu taimado plan, obra no sé si de la voluptuosidad ó del misticismo.

—Tú no sabes bien cuánto me ama, ni conoces el fatal encadenamiento de su alma con la mía. La viveza de su inteligencia y de la misma elevación de su espíritu, que propende á las cosas extraordinarias, superiores al criterio del vulgo, la someterán fácilmente á mí. Además, Gloria no es católica.