—¡Donosas razones!...

—Tu ironía me mata. ¡Quieres una razón que es de conciencia y además mundana! Estos son los argumentos que á tí te convencen. Oyela. Has de saber que yo tengo un hijo.

Esther movióse sacudida violentamente por el asombro.

—Un hijo que se llama Jesús—añadió Daniel con sarcasmo parecido al de aquellos que decían: Si eres hijo de Dios, baja de esa cruz.

—¡Un hijo!—gritó madama Spinoza.—¡De esa mujer!...

—¿Concibes tú que le abandone? ¿Concibes tú que deje en manos de los católicos á ese infelíz niño, reproducción de mí mismo? El ha encendido en mi corazón los sentimientos más delicados y más puros. Me ha bastado saber que existía para reconocerme otro, creyéndome capáz de los mayores sacrificios. Veo en él al heredero de mi nombre, de mis creencias, de mi persona toda; y la idea de que no ha de vivir al lado mío, de que recibirá de persona extraña el pan de la instrucción, me aterra, madre querida. Supón que cuando yo era niño me hubieran arrancado los papistas de tu seno, cual otro niño Mortara, criándome en el odio de nuestra raza y enseñándome á maldecir tu nombre.

—No digas eso; cállate.

—¿No hace fuerza en tu mente esta razón?

—Alguna—repuso Esther con perplejidad;—pero nada justifica el engaño.

—Dios ve mi conciencia. ¿Qué importa engañar al Nazareno? ¿Acaso él, que se llamó Dios sin serlo, merece la verdad?... Mi conciencia está tranquila. Ha penetrado en mí, dulce y elocuente como cosa del cielo, el convencimiento de que obro bien y de que agrado á mi Dios en esto. El me dice: «Realiza tu engaño; pero me has de traer al reino de la verdad á la madre y al hijo.»