—¿Luego engañas á esa pobre joven, engañas á una honrada familia?—dijo Esther apartando de sí con ambas manos la cabeza de su hijo.—¡Daniel impostor! Lo que ahora me revelas es tan indigno de tí como la apostasía. Tu corazón se ha corrompido. Tú no eres tú... ¿Sabes lo que es la mentira, una mentira de esa magnitud? Daniel, vuelve en tí.

—Si no sabes aún mi secreto, mujer, ¿para qué hablas?—repuso el joven con cierto enojo.

—Tu secreto es que finges hacerte cristiano para salvar á esa joven de la tiranía de sus parientes, del ascetismo, de la deshonra. Esta conducta es más vituperable que dejarla abandonada á su suerte. Yo correré á casa de esa noble familia, y diré: «Mi hijo os engaña; no le creáis.»

—Me creerán porque los hechos confirmarán mis palabras—dijo Daniel besándole las manos.—Óyeme, madre querida. Ayer por la mañana vagaba yo por la playa, interrogando á mi conciencia. ¡Ay! no puedes tener idea de aquellas terribles horas de duda. Yo tenía dos conciencias igualmente poderosas, ¿comprendes esto?... dos conciencias que daban la más horrenda batalla dentro de mí. ¡Renegar!... ¡Abandonar á un sér querido que me debe su dolor!... Ninguna de estas dos ideas podía aniquilar á la otra, y cuanto más fiero se mostraba uno de los dos dragones, con más rabia le mordía el otro... Imploré á Dios gritando en medio del estruendo del mar: «O la solución ó la muerte...» Entonces una idea iluminó de improviso mi espíritu. Sentí la alegría del que se ve rodeado de claridad celeste después de haber vivido largo tiempo en horribles tinieblas... ¡Ay! madre mía, si es cierto que el Espíritu creador y gobernador de todas las cosas habla alguna vez directamente á la razón del hombre, el Señor, Jehová, ó como quieras llamarle, deslizó su palabra dentro de mí en aquel momento. Yo le sentía, sentía su voz, un divino soplo entrando en mí y llenándome; yo le sentía penetrarme todo en la forma de una convicción consoladora; y mi fatigada conciencia admitía aquel sobrehumano aviso con la emoción grande, con la turbación piadosa que sólo pueden ser producidas por la directa voz de Dios diciendo: «estoy contigo.» La idea de conquistar mi bien perdido, mi esposa, por medio de una fingida conversión al cristianismo se clavó entonces en mi cerebro para no ser arrancada jamás.

—¿Quieres hacerme creer que Dios, que es la verdad, te sugirió esa indigna idea?—dijo Esther, incrédula.—Daniel, tu imaginación delirante es la que te habló.

—¡Ay, si yo pudiera llevar á tu espíritu la convicción que hay en el mío!... Infame es la mentira; pero la situación especial de mi esposa la disculpa. Aun este motivo no sería bastante poderoso; pero hay otro mucho más grande. No te quede duda de que el Ordenador de todas las cosas habló á mi alma. ¡Qué alborozo tan vivo inundó mi corazón! Mi pensamiento gustó las delicias del más puro bien, cuando cruzaba por él esta idea inefable: «Gloria dejará de ser cristiana.»

—¡Extraña y loca idea!

—Madre querida—exclamó Daniel con cierto desvarío,—comprende al fin la grandeza de un plan en que se conciertan el amor más ardiente y la religiosidad más valerosa. Yo traeré al reino de la verdad esa alma que ha debido estar siempre en él, esa alma cuyo único defecto es hallarse ligada al vano sentimentalismo del Crucificado, y á la engañosa filosofía del supuesto Mesías... Tú sabes cuáles son mis ideas y su admirable extensión. Ya comprenderás que mi conquista no ha de reducirse á traer un adepto al rito hebráico, que considero estrecho é insuficiente. No, yo adoro al Dios grande, al Jehová primitivo y augusto, al que dió los mandamientos y desde entonces no dijo más porque no había más que decir; al que en su grandeza nos exige ofrendas de verdad, justicia y bondad, no formas de culto idolátrico; nos exige pensamientos, amor, acciones y esa mirada interna que purifica, no palabras rezadas, ni retahilas dichas de memoria. A ese Dios pienso llevar á la que amo, porque El es digno de ella y ella digna de El. ¡Admirable triunfo y conquista preciosa! Será necesaria una superchería; ¿pero qué importa? ¿qué vale esto en comparación del bien que resulta? La salvo de su familia, del convento, del ascetismo que es la tísis del espíritu; le devuelvo la salud del cuerpo, la arranco de este horrible país, la hago mi esposa, la salvo de la idolatría del Nazareno y de ese fetichismo vacío, indigno de la elevación y pureza de su alma... ¡Sí, tengo inmensa fe, en el éxito de mi empresa! No puedo equivocarme; imposible que me equivoque. Siento el divino acento en mi oído; y el resuello á cuyo influjo existieron los mundos llega á mí y penetra como tempestad en mi corazón.

Esther le miró atentamente y con espanto, diciendo para sí con acento de vivísima amargura:—Señor, Señor, ¿has quitado la razón á mi hijo?

—¿No hallas bastante justificada mi impostura con estas razones de conciencia?