—Sí señor—repuso Daniel con gravedad, y al mismo tiempo fijó los ojos en un retrato de D. Juan de Lantigua, que le miraba con cierta severidad.

—¡Oh, qué gran júbilo da usted á mi alma, Sr. Morton!—exclamó el obispo.—En el día de hoy, la Iglesia administra el primer Sacramento á los catecúmenos, después de bendecir el agua nueva... Durante el oficio he sentido hoy más emoción que nunca en igual día, y no he dejado de pensar en esta conquista preciosa que acabamos de hacer... Ahora, señor mío, debo decir á usted que va á recibir el Sacramento del bautismo, regenerándose por la virtud del espíritu celestial; que este acto imprimirá á usted el carácter de cristiano, le dará la gracia, y por él se redime todo pecado original y temporal. Jesucristo instituyó el bautismo de agua con el amor del Espíritu Santo, que descendió del cielo en figura de paloma. La ablución establecida por la Iglesia con las palabras sacramentales son el Símbolo bajo el cual está oculto el amor que Dios comunica al alma de la criatura, purificada por la gracia. Es el bautismo un rayo de fuego celeste emanado de la esencia divina. Para recibirlo, amigo mío, es indispensable que usted prepare su entendimiento á la penetración de los dogmas sagrados; necesita usted someterse, aunque por muy poco tiempo, en vista de la urgencia del caso, á las enseñanzas y prácticas que la Iglesia establece.

—Ya lo sé—dijo Morton sombríamente.—Estoy dispuesto á todo.

—En ese caso—prosiguió Su Eminencia revelando en su semblante plácida alegría,—pregunto á usted si no tiene inconveniente en someterse por completo á mi voluntad por un plazo que no pasará de dos días, comprometiéndose antes de que se celebren juntamente bautismo y matrimonio, á recibir de mí la instrucción evangélica, á verificar las prácticas que yo le indique, á...

Don Angel se detuvo, distraído por uno de esos accidentes importunos que turban la solemnidad de las escenas capitales de la vida, como un duelo, la agonía de un moribundo, la celebración de un contrato. Suelen ser comúnmente dichos accidentes importunos un gato que entra metiendo ruído, plato que se rompe, ó sombrero que cae rodando de una silla y suena huecamente al dar en el suelo. Pero en aquel solemnísimo momento no fué nada de esto lo que hizo callar al señor cardenal, sino la aparición inesperada de un humano rostro en la puerta de la sala, suavemente abierta. Era la cara de D. Juan Amarillo.

Reinó silencio en la sala, y con el silencio un estupor profundo al ver que el señor alcalde no venía solo. Con él venía madama Esther. Al entrar la señora, levantáronse todos, incluso el señor arzobispo; pero ninguno decía nada. El primero que habló, turbadísimo, fué D. Juan Amarillo, que dijo:

—Perdóneme Su Eminencia, perdónenme todos, si he entrado... Vengo como autoridad.

—¡Como autoridad!

Serafinita contemplaba aquello con la calma de quien no da importancia á las cosas de la tierra; los demás eran estátuas.

—¡Como autoridad!—repitió D. Juan.—Esta señora...