Esther avanzó gravemente, y sin revelar turbación ni enojo, ni despecho, ni burla, dirigióse á su hijo, y poniéndole la mano en el hombro, exclamó con voz sonora:

—Ya estoy yo también aquí.

—¿Qué quieres, madre?—preguntó Daniel con terror de infierno.

Esther, fijando los ojos en el señor cardenal y abarcando después con una mirada á toda la familia, respondió:

—Quiero impedir un mal diciendo á esta noble familia lo que no sabe.

—¿Qué?... Señora, su hijo de usted nos ha hablado muy claramente—dijo el señor cardenal.—Es natural que usted se oponga... Nosotros nos atenemos al piadoso deseo de este joven, manifestado explícitamente.

—Es que yo debo declarar algo—manifestó Esther con expresión dramática.—Yo debo declarar lo que aquí no sabe nadie, y es... que mi hijo no merece pertenecer á esta familia.

—¡Señora...!

Pálido como un cadáver, Daniel parecía ahogado con su propia voz, que no podía salir del pecho. Al fin, más rugiendo que hablando, se expresó así:

—Mi madre no dice la verdad.