Esther miró á su hijo de tal modo, que con los ojos le apuñaleaba.

—Retírate—dijo Morton con imperioso acento, señalando la puerta.

—Sí, me retiraré después que te conozcan.

Y volviéndose al cardenal, añadió:

—Me es muy doloroso tener que presentarme acompañada de la autoridad. Los móviles que aquí me traen nada tienen que ver con la religión.

—Diga usted... señora... diga...—añadió Su Eminencia con gran ansiedad.

—Es demasiado vergonzoso para que lo revele una madre...—afirmó Esther con desconsuelo.—El alcalde, que sabe cumplir su deber, hablará.

—Tengo el sentimiento de manifestar—dijo D. Juan Amarillo, mostrando á Daniel su bastón,—que me veo precisado á prenderle.

—¡A mí!

—¡Prenderle!