—Sí, señores, sí... y lo siento muchísimo. Le prendo de orden del señor Gobernador de la provincia, el cual ha recibido igual mandato del señor Ministro á petición de la Embajada inglesa.

—Este hombre miente villanamente—gritó Daniel ciego de ira.

—Caballero...—vociferó D. Juan mostrando el puño del bastón con tanta energía, que parecía querer meterlo por los ojos á todos los presentes.

—Paz, paz—dijo el arzobispo corriendo á interponerse.—Sr. Morton, el primer deber del cristiano es la obediencia.

Daniel parecía dispuesto á extrangular al señor alcalde. Cuando oyó la dulce voz del prelado, se detuvo. D. Angel le puso la mano en el hombro, diciendo:

—Se ha sometido usted á mi voluntad, para que yo dirija sus acciones conforme á la doctrina evangélica... Pues bien, yo le mando á usted que no haga resistencia á la autoridad.

—No puedo obedecer—repuso el hebreo sombríamente y con respiración fatigosa.

—Es preciso que el señor parta mañana para Inglaterra—añadió el fiero alcalde,—por cuyo gobierno es reclamado en calidad de reo, que ha cometido un crimen en su país.

—¡Yo!... ¡un crimen yo!

—Crimen horrendo contra la autoridad paterna—prosiguió D. Juan Amarillo.