Morton, cuya alma era un volcán, trató de lanzarse sobre el alcalde. D. Buenaventura y Romero le sujetaron.
—¡Oh, miserable!—gritó.—Eres una víbora; pero el veneno de tu infame picadura no me matará.
—Paz, paz—repitió afligidamente el obispo extendiendo las manos.
Serafinita había acudido á su sobrina, que, incapáz de sostenerse más tiempo en pié, dejóse caer en una silla.
—Será preciso que yo manifieste claramente toda la horrible verdad—dijo D. Juan Amarillo enarbolando el bastón y tomando el aspecto más dictatorial que le fué posible.—Pues la diré; sí, señores, la diré: el Sr. Daniel Morton y Spinoza ha sido condenado por los tribunales de Londres á tres años de prisión por un delito infame, cual es... ¡oh, señores! la lengua se niega á revelarlo... cual es haber defraudado el tesoro paterno falsificando unas letras... por valor de muchos miles de libras; después haber maltratado de palabra y obra al autor de sus días.
Un murmullo de horror resonó en la sala, Esther se había apartado y miraba al suelo hoscamente.
—¡Oh, cuánta vileza!—rugió Daniel accionando como un insensato.—Mónstruo; que se acabe el mundo en este momento si no te arranco la lengua y la vida.
Hizo movimientos desesperados para desasirse de los que le sujetaban.
—Paz, paz—volvió á decir el arzobispo que casi estaba á punto de llorar.