—¿De quién es esta infernal farsa, de quién?—murmuró con la voz de la desesperación Daniel.—¡Quién ha ideado deshonrarme, aquí en este acto solemne, delante de esta familia que respeto, delante de la mujer que adoro más que á mi vida!... Gloria, esposa mía, dejarías de ser quien eres, si creyeras las palabras de este hombre.
Gloria se dirigió lentamente hacia el grupo que los contendientes formaban en el centro de la sala.
—El señor—añadió D. Juan Amarillo con calma imperturbable,—fué condenado á prisión; pero huyó sin que le pudiera alcanzar la policía inglesa. Pero aquí estoy yo, señores...
—¡Madre, madre—dijo Morton clavando la crispada mano en su cabeza,—tú, tú oyes estas infames calumnias y no las desmientes! ¡Oyes deshonrar á tu hijo y callas!...
Todas las miradas se fijaron en Esther. Ella les miró á todos y con flemático acento pronunció lentamente estas palabras:
—¡Lo que el señor alcalde ha dicho... es verdad!
—Basta, basta—dijo el arzobispo haciendo ademán de retirarse escandalizado.
—¡Madre, madre!...—gritó Daniel con airada voz. Sus ojos saltaban del cráneo.
—Mi hijo—añadió Esther, como quien hace un esfuerzo,—tiene el hábito de la mentira y el disimulo. Me es muy doloroso decir que nada debe creérsele. Si esta familia quiere recibirle en su seno, yo no me opongo. No me importa tampoco que cambie de religión quien no tiene ninguna. Pero los tribunales lo reclaman, y la ultrajada autoridad paterna pide castigo.
—¡Madre, madre!—repitió Daniel con desesperación...—¿Pero será posible que crean lo que esta mujer dice?