—Es su madre—murmuró el arzobispo mirando á todos con aflicción.
—Esta no es mi madre, no lo es—dijo Morton.
—No podemos de ningún modo seguir adelante—declaró Su Eminencia mirándola.—Las revelaciones de esta señora...
—Es necesario que eso se pruebe—indicó D. Buenaventura fijando una mirada de enojo en madama Esther.
—Suficientes medios tendrá de probarlo—dijo Serafinita.—Después de lo que hemos oído no se cuente conmigo para nada.
Doña Serafina dió un paso hacia la puerta. Gloria la detuvo.
Corriendo en seguida hacia Morton y poniéndole la mano en el pecho, como quien la pone sobre los Evangelios para jurar, la huérfana de Lantigua, con voz de ángel más que de mujer, dijo así:
—Si para todos eres criminal, para mí eres inocente.
—¡Oh, bendita tú mil veces!—exclamó el israelita abrazándola con violencia, antes que nadie lo pudiera impedir.—¡Y habrá quien pretenda separarme de tí!... Eres mi esposa... Me perteneces... Te reclamo... te llevaré conmigo de grado ó por fuerza, sin consideración á nadie ni á nada... ¡Señor cardenal, señores, repito que quiero ser cristiano... pronto!