El cardenal tomó á Gloria de la mano y la apartó del hebreo.
—Nosotros...—balbució frunciendo el ceño.—Nosotros... Las circunstancias han cambiado.
Todos volvieron á mirar á Esther, que se abalanzó hacia su hijo, diciéndole con violento gesto y tono imperativo:
—Vámonos de aquí. ¿No ves que te arrojan?
Momento de perplejidad. Los Lantiguas se miraban unos á otros consultándose con los ojos.
—Es preciso—ordenó Amarillo desde cierta distancia,—que el señor se embarque hoy mismo para Inglaterra.
—Esto es una farsa—dijo D. Buenaventura enérgicamente.—Señora, ruego á usted que se retire de nuestra casa.
—Es á tí á quien arrojan, madre—gritó Daniel dando algunos pasos hacia ella.
—Y me retiraré. Nos iremos los dos.