—Señora...—balbució el cardenal queriendo ser cortés y al mismo tiempo justo y riguroso y blando, queriendo entender lo ininteligible y resolver lo insoluble.

Dentro de la cabeza de Su Eminencia había una madeja que no se podía desenredar. D. Angel llamaba en su ayuda al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo vino. Hé aquí cómo.

Gloria fué el Verbo que puso fin á la pavorosa contienda de tantos sentimientos, con estas palabras:

—Querido tío, ¿por qué tanto afán? Yo no quiero casarme.

—¡Tú...!

—No señor; Dios no quiere que sigamos ese camino, y hablando á mi interior, me señala el único posible. Deseo retirarme á un convento.

Y al decir esto, fué estrechada por los amantes brazos de doña Serafina, que lanzó una exclamación de júbilo. Había triunfado, después de prueba tan peligrosa, y abrazaba á su víctima cual si temiera que aún se le escapase otra vez. No daremos á aquella santa señora un nombre verdaderamente propio y característico, si no la llamamos el Mefistófeles del Cielo.

Don Angel, D. Buenaventura y los demás presentes se quedaron lelos. Extendiendo su varonil brazo, Esther dejó caer su mano sobre el hombro de Daniel, que sintió encima el peso de una losa. Abrumado y atónito, su espíritu no tenía ya fuerzas ni para sentir ni para razonar.

Gloria tomó el brazo de su tía, y dando la izquierda mano al cardenal, que la estrechaba con cariño, dirigióse lentamente á la puerta. Con su última mirada, semejante al postrer rayo del sol que se pone, dando paso á la noche negra, echó fuera de su alma toda aquella esencia, á la par deliciosa y terrible, que por tanto tiempo la había llenado. Fué como un vaso de perfume que se vacía por completo.

Don Buenaventura siguió á la familia, que se retiraba. D. Juan Amarillo, deseando ponerse á la mayor distancia posible de Daniel Morton, salió de puntillas; hizo señas al cura y á Sedeño, y poco después los tres susurraban en el comedor.