Morton había caído en una silla. Esther puso su blanca mano sobre los cabellos del joven, y con voz trémula y cariñosa dijo así:
—¡Te he salvado... hijo de mi corazón! Al fin eres mío otra vez.
—¡Salvarme!—repuso Morton alzando con violencia el rostro.—Yo probaré la falsedad de tus palabras... Me será muy fácil probarlo... Mañana.
—No será fácil. He tomado mis medidas.
—Me has deshonrado de una manera cruel.
—¿Qué me importa tu deshonra en este lugarón obscuro y vil? En todo el mundo brilla tu honor como el sol... Ya eres mío. Mi ingenio y la súbita resolución de esa excelente joven, que sin duda ha conocido tu impostura, nos han salvado... Eres mío—añadió con alegría,—eres nuestro Daniel; no abjuras, no abandonas nuestra religión... ¡Oh, hijo mío, me parece que te he dado á luz dos veces!
—No cantes victoria todavía... Ya oíste lo que dijo ella. No te creyó, ella no duda de mi inocencia.
—Pero ha renunciado á ser tu mujer. Ha demostrado tener buen juicio y una rectitud que tú no conoces.
—¡Impostora!