—¡Y lo dices tú! Yo he aprendido de tí. También Jehová ha hablado á mi corazón y me ha dicho: «sálvale»... ¿Crees que tú sólo eres capáz de ser iluminado?—agregó con ironía.—O el Señor habla para todos ó para ninguno.

—¡Ella no te ha creído! no, no podía creerte. Entre su pensamiento y el mío, como entre nuestros corazones, existe una cadena misteriosa.

—Ella no me ha creído; pero me han creído los demás. Esta honrada familia no querrá cuentas contigo.

—Probaré mi inocencia.

—Así como es fácil infundir sospechas, es muy difícil destruirlas. El sér humano es así. Te exigirán pruebas que á mí no me han exigido.

—Las daré.

—Tendrás que ir á Inglaterra, volver...

—Iré, volveré.

—Pero en tanto tiempo... Por ahora eres mío. Tengo el apoyo de una autoridad, de cuyo celo podrás tener idea, observando que en mi dedo no existe ya el brillante de gran tamaño que me regalaste.