Esther mostró su mano derecha.

—Ese horrible alcalde—dijo Morton,—no podrá prolongar mucho su indigna farsa venal.

—El cónsul llega esta tarde. También es mío.

—Me presentaré al Gobernador...

—Para eso se necesita tiempo... y yo, una vez conseguido mi principal objeto, que es poner una insuperable barrera de sospechas entre tí y los Lantiguas, no te molestaré más.

—¿Qué barrera es esa?

—Enseñar á esta gente la carta en que manifiestas á tu padre el secreto de tu cristianismo.

—No puedes tener esa carta.

—He telegrafiado á tu padre, diciéndole que me la mande en cuanto la reciba—dijo Esther con la severidad de un juez que sentencia.—Entre tanto mi deseo ha sido aplazar, detener. La comedia de hoy no ha tenido otro objeto.