—¡Aplazar, detener!—murmuró Daniel, meditando en cosa tan sencilla, cual si se hubiera vuelto idiota.

—Sí, el alcalde me ha asegurado que podría detenerte hasta tres días, amparado del desgobierno que hay en España... Dirá después que se equivocó, que estabas predicando el hebraísmo en las calles... dirá cualquier cosa, y no perderá su vara por eso... Además de esto, los Lantiguas, si no están absolutamente convencidos de tus maldades, sospechan, y mientras sospechen no habrá conversión, ni matrimonio, ni nada... En tanto llega la carta que escribiste á tu padre...

—Yo desbarataré tus maquinaciones. Esto no puede ser. Tendrás compasión de mí: soy tu hijo. ¡Y dices que me has dado á luz dos veces!... Yo digo que la única ha estado de más.

—¿Para qué te afanas por lo imposible?—dijo la madre cariñosamente.—Mis estratagemas lo mismo que tu febril desasosiego no tienen objeto ya. Tu esposa te ha despedido. Tu esposa se divorcia y toma otro marido, el hombre clavado. Y todavía dudas, todavía tu alma se apega á ella, que te desprecia.

—Eso no puede ser.

—¿No la oíste?

—Sí; pero será un capricho momentáneo... Pasará, recobrará su buen juicio.

Entró en el mismo instante D. Buenaventura, serio como quien asiste á un funeral, y con voz conmovida dijo:

—La resolución de mi sobrina es irrevocable. Todo concluído.