XXX
La visión del hombre sobre las aguas.

Gloria y sus tres tíos subieron tan taciturnos, que parecían estátuas movibles. Por la fisonomía de cada uno podía colegirse el estado de su alma. Serafinita y el arzobispo oraban, D. Buenaventura renegaba. Gloria sonreía, y al mismo tiempo su palidéz tomaba un tinte cadavérico. Al entrar en su cuarto se sentó entre Serafinita y el prelado, cada uno de los cuales le tomaba una mano.

—¿Qué tal te encuentras, chiquilla?—preguntóle Su Eminencia tratando de dar un giro festivo á la situación.

—Muy bien, tío.

—Mira tú por dónde ha venido á resultar que escogieras el camino más corto para llegar al Cielo—añadió D. Angel.—Díme la verdad, ¿está tu alma tranquila?

—Sí señor, me parece que tengo tranquilidad, ó una cosa que es como la tranquilidad—dijo Gloria oprimiéndose el pecho.

—¿Estás contenta?

—Sí señor. Cuando dije lo que puso fin á las cuestiones, lo dije... qué sé yo... parecióme que brotaba en mi alma un surtidor, una fuente... El agua de ella fueron mis palabras.

—¡Bendito sea el Señor!—exclamó Su Eminencia juntando las manos en actitud de oración.