Por las mejillas siempre sonrosadas de Serafinita corría una lágrima.

—El Señor es demasiado bueno con nosotros—declaró la dama juntando también las manos como D. Angel.—Nos da satisfacciones y regocijos que no merecemos.

—Querida tía—dijo Gloria mostrando de nuevo aquella lúgubre sonrisa que en su rostro hacía el efecto de las flores de trapo con que se adorna á los niños muertos.—Cuando usted quiera nos iremos á Valladolid.

—Mañana—repuso el Mefistófeles del Cielo con viveza suma, enlazando con ambos brazos el cuerpo de su sobrina.

—¿Para qué tanta prisa?

—Mañana, mañana—repitió Gloria.—Deseo morir.

—¿Qué es eso de morir?—dijo Su Eminencia examinando con recelo el semblante de la joven.

—Llamo yo morir á esto.

—Tiene razón—indicó Serafinita.—Morir para todo y vivir sólo para Dios.