—Cúmplase la voluntad de Dios—dijo el prelado mirando al suelo.—Ahora, querida niña, procura tranquilizarte. Serénate, irás al convento cuando estés más sosegada.

Gloria volvió á sonreir.

—¿Estás alegre?

—Sí; por delante de mí—repuso la joven con cierto desvarío,—pasan unas cosas que me hacen reir. ¡Son tan graciosas...!

De pronto lanzó la carcajada que Daniel había oído al salir de la casa. D. Angel y su hermana, asombrados y temerosos, la miraron.

—Gloria, hija mía, ¿qué tienes?

—¿Por qué ríes así?

Reclinó la joven su cabeza en el respaldo del sofá, y poco á poco fué extinguiéndose en sus labios la risa y se quedó seria. Tomó su cara la taciturna seriedad de los muertos.

—¡Pobre hija de mi corazón!—exclamó el prelado, contemplándola con lágrimas en los ojos.—Buenaventura, Buenaventura.

El banquero subió con presteza.