—Si no tengo nada...—dijo Gloria apartando á un lado y otro de la frente sus cabellos.—¿Qué hablan ustedes ahí de médicos y de medicinas? Yo no tengo nada. Sólo estoy pensando en que antes moriré que separar á un hijo de la madre que le adora.

Levantándose, dió algunos pasos con agilidad graciosa por la habitación.

—No, no, esa carne mortal no está buena—observó Su Eminencia con disgusto.—Buenaventura, manda llamar á D. Nicomedes.

—Acaba de llegar y abajo está charlando con el cura y con D. Juan Amarillo.

El médico subió, y sus chistes, sus oportunas observaciones, sus cariñosos comentarios acerca del mal de Gloria alegraron por breve rato á toda la familia. Era un hombre que infundía á los enfermos un espíritu de fortaleza tal que no podía menos de influir lisonjeramente en la salud. Curaba como cualquier otro buen médico; pero sus enfermos tenían, mediante él, la fe y la devoción de curarse. En sus diagnósticos empleaba las más gallardas figuras. Según él el corazón de Gloria era un caballo desbocado. Su pensamiento un pájaro que habiendo remontado mucho el vuelo, se había cansado y no hallaba monte en que posarse y tenía que seguir volando ó dejarse caer. Sus nervios eran una casa de fieras, en la cual se hubieran abierto todas las jaulas. Con esto se reía la familia.

Antes de retirarse, D. Nicomedes manifestó confidencialmente al prelado y á su hermano que el estado de Gloria le alarmaba mucho; que el desorden de su naturaleza era completo; que un absoluto reposo físico y moral sin ninguna emoción era indispensable para salvar tan preciosa existencia, y que ésta, sujeta á terribles crisis nerviosas, podía llegar á depender de un cabello.

Con tales advertencias juzgaron conveniente someterla á un régimen de descanso, y después de obligarla á acostarse, acompañáronla todos en la primera parte de la noche, compitiendo en manifestaciones cariñosas y tratando á porfía de dar á la tertulia el tono más alegre. Por consejo de D. Buenaventura no se habló nada absolutamente de religión, ni de la escena de aquella tarde, ni del convento de Valladolid, ni de sacrificios, ni de padecimientos, ni de cruces, ni de calvarios.

Afligidísimo estaba el pobre banquero por ver malogrados sus generosos planes, y sentía la compasión más viva hacia su sobrina. Al anochecer tuvo que habérselas con D. Juan Amarillo, que, sin reparar en conveniencia alguna, abordó el asunto de la compra de la casa. Pero hallándose Lantigua de muy mal talante, el alcalde no pudo obtener tampoco aquella vez una respuesta categórica, por lo cual se retiró triste y mustio, sin tener más consuelo que mirar desde el jardín la fachada del edificio y pensar en las reparaciones que le haría por dentro y por fuera cuando Dios quisiera ponerle en sus manos.

Don Buenaventura dió una vuelta por el pueblo, con objeto de ver á algunas personas. Después volvió á la casa. Era tarde. La familia había cenado ya, y el prelado se retiraba á su cuarto. Gloria aprovechó un instante en que estaba solo con ella en la alcoba su tío D. Buenaventura, y le llamó con la mano.

—Tío—dijo Gloria con voz muy débil,—¿quiere usted decirme una cosa?