—Lo que quieras, queridita—repuso Lantigua con el mayor cariño.—¿Qué deseas saber?
—Una cosa. ¿Se han ido?
—¿Quiénes?
—Esa gente.
—¿Los...?
—Los judíos—dijo Gloria bajando tanto la voz que apenas se oía.
—¿A qué te afanas por lo que no te importa? Duerme en paz.
—Deseo saberlo... Lo deseo mucho.
—Pues bien, niña mía, se van mañana temprano. La madre y el hijo están preparando todo.
—¿Les ha visto usted?...