Los ojos de la huérfana brillaban tristes y curiosos.

—Sí y no... he visto al hijo. Hace un momento entraba en casa de Caifás... A dormir, señorita, á descansar.

Cariñosamente besó sus abrasadas mejillas. El arzobispo y Serafinita entraron. Los tres contemplaron en silencio á la joven, que cerrando los ojos parecía ceder á las primeras caricias del sueño. D. Angel le dijo frases placenteras, graciosas y llenas de caridad, como él sabía hacerlo cuando visitaba enfermos. Tomóle el pulso, encontrólo excitado, mas no alarmante; recomendóle que rezara brevemente sin fatigar mucho la imaginación, y por último manifestó el deseo de que no se quedara sola aquella noche. Quiso velar junto á ella Serafinita; pero Su Eminencia se opuso resueltamente á ello. Instó la dama, opinó Gloria como su tío, estuvo á punto de enfadarse el metropolitano, y entonces Serafinita, cuya ley era la obediencia, cedió el puesto á Francisca. Esta trajo su colchón, encendió la lamparilla, y se dispuso á pasar allí la noche. Retiráronse los demás.

Transcurrieron las horas, y la casa continuaba en profundo silencio. Gloria se sumergía lentamente en las cóncavas honduras de un letargo febril. Su espíritu pugnaba por vencer aquel sopor de muerte, y en sus esfuerzos había la trémula ansiedad del que suspendido sobre un abismo se agarra á la débil rama de un árbol para no caer. Aquel abismo era la muerte. La infelíz se abandonó al fin, y con angustia dijo en su alma: «Me muero.» Y en la vaguedad de sus sensaciones y de sus ideas, figurándose que su persona era simplemente un nombre escrito, decía: «Me borro.»

Al mismo tiempo estrechaba sus dos brazos fuertemente contra el pecho; ademán que era el amoroso y último adiós á dos séres queridos. Gloria les besaba en idea, y dándoles vida y cuerpo en su fantasía poderosa, les prodigaba tiernas caricias y los nombres más dulces del lenguaje del corazón. La pobre enferma seguía descendiendo. Parecióle que venía contra ella un soplo helado, y agitándose y gimiendo como una llama, se apagó. Entonces dijo: «Verdaderamente estoy muerta. Ya no veré más á las prendas de mi corazón.»

La pobre se sintió llorada por su familia, se sintió amortajada por la piadosa mano de su tía, que se le representaba como un ángel blanco y sereno; se consideró puesta en una caja fría y dura, y fué rodeada de silencio y alumbrada de tristes luces. Y sin embargo, en medio de tan lúgubre calma, atendía al fenómeno de su muerte, lo observaba, se miraba en él como en claro espejo, y en él veía reflejarse su hermosura, su amor, sus padecimientos, todo lo que constituía la desgraciada personalidad que en el mundo llevaba el nombre de Gloria.

Se sintió bajada á un antro cavernoso y húmedo y encerrada en estrecho espacio, sin aire, sin luz. Enorme peso había caído sobre ella; junto á sus brazos extendíanse entrelazadas como culebras las raíces de los árboles, de los mismos árboles que más arriba mecían en la clara y tibia atmósfera sus hojas, dando albergue á los pájaros. Desde aquella profundidad percibió los pasos de los que aún vivían, y esto la hizo pensar con más fuerza en las prendas de su corazón. Pensó tanto, que las lágrimas brotaron de sus ojos, corriendo como manantial escondido por aquella obscura entraña de la tierra. De pronto vió la extensión de los cielos, el mar, pero no la tierra ni el sitio donde estaba. Todo era claridad, luz, día infinito. Allá lejos distinguió al fin una especie de ribera mezquina, montes, árboles, una torre, y desde aquel horizonte venía un hombre, marchando á pasos de gigante. Crecía al avanzar, y avanzaba tanto, que al llegar junto á la muerta tocaba el cielo con su cabeza. Pasó sin verla, y entrando en el mar, corrió por encima de él. Se deslizaba como una nube. En sus brazos llevaba un pequeño sér, un niño, cuyos ojos brillaban como astros negros sobre la claridad del día. Gloria vió aquel precioso rostro infantil, tan lindo que el Niño Jesús comparado con él era feo, y al verle su corazón se partió en dos. Observó la hermosa visión y cómo alejándose disminuía. El padre miraba siempre hacia adelante, el niño hacia atrás. Resbalaban sobre las aguas...

Gloria dió un grito, hizo un esfuerzo supremo, uno de esos esfuerzos del alma que son capaces de tornar á infundir la vida en la carne abandonada; rompió sus ligaduras, levantó aquella enorme mole de tierra que tenía encima, y si tuviera por cenotafio la pirámide de Cheops la levantara lo mismo; se incorporó, se puso en pié, corrió...

Francisca soñaba también, mas soñaba cosas placenteras, á saber: que había venido su hermano de América, trayendo mucho dinero. Ambos eran ricos y felices. Y al compás de esta delectación de su espíritu roncaba el cuerpo con estrépito. Pero después tuvo una pesadilla horrible, despertó sobresaltada, miró al lecho de su amita, y á la indecisa luz de la lámpara lo notó vacío... Miró á todos lados... Gloria no estaba en la alcoba. La pobre mujer sintió pavor inmenso. En el primer instante no pudo gritar... Creía tener un dogal al cuello... pero al fin gritó, y saliendo despavorida del cuarto, llamó á D. Buenaventura, á Serafinita, al cardenal. Mayor fué su consternación al ver que despuntaba la aurora. El grito de la buena mujer era:

—La señorita no está. ¡Se ha escapado!