Abandonando el camino real, tomó la vereda que cruzaba un prado y corrió por ella. En la mitad de la senda, detúvose mirando al suelo tapizado de flores, que apenas se distinguían en la obscuridad nocturna, como juguetonas cabecitas agitadas por el viento, todas de un color, diseminadas en infinita muchedumbre, formando misteriosa armonía con las estrellas, que abrían sus corolas de luz en la inmensa concavidad del cielo. Gloria se arrodilló y pensando en alta voz:
—Le llevaremos un ramo.
Con su mano derecha arrancaba rápidamente las flores, juntándolas entre los dedos de la mano izquierda. El ladrido de un perro, intimidándola, la hizo levantarse y seguir á la carrera. Al llegar tras un gran castaño, reconoció con asombro el terreno diciendo:
—Si no he llegado todavía... Es más lejos. Detrás de aquella casa... Un esfuerzo más.
La luna acababa de salir de entre un grupo de nubes, como una belleza que arroja sus tocas, y se lanzaba locamente á la carrera por el azul profundo. Como ella, Gloria no volvía la vista atrás y avanzaba siempre, avivando el paso á cada instante con la esperanza de llegar pronto. Apretaba contra el pecho su ramo, y decía:
—Es mi último regalo... Ya me parece que estoy cerca. Sí, llegaré á tiempo de impedir... Si tardo no les encontraré. Corre, alma mía, corre.
Pasando más allá de la casa, se sentó sin aliento sobre una piedra.
—¡Oh, Dios mío!—exclamó oprimiéndose el pecho.—¡Qué lejos está Villamores!... Parece que huye de mí.
Echóse atrás el pañuelo descubriendo su cabeza.