—No, no faltaba mucho... En subiendo esta cuesta... ¡Qué fatigada estoy!... Se me rompe el corazón... No sé cómo me canso, si no tengo cuerpo... Lo he dejado en la fosa.
Subió la cuesta y sus ojos pudieron abrazar ancho horizonte; el mar á lo lejos, confundiéndose con el cielo; por otro lado elevadísimas sombras brumosas, los montes, las blancas casas, destacándose confusamente sobre la obscuridad de árboles y praderas.
—¡Oh!... aquella torrecita chica que parece un dedo señalando al cielo—dijo la prófuga inundada de alegría,—aquella es. Poco me falta. ¿Qué hay de aquí allá? Cuatro pasos... Llegaré á tiempo.
Faltábale por andar la mitad del camino, tres cuartos de legua. La torre semejante á un dedo se veía durante el día; pero de noche Gloria no podía verla sino en su imaginación.
—Un esfuerzo más. Cuatro pasos me faltan... Los andaré en una carrera, porque tengo miedo de que vengan detrás de mí y me cojan... ¿En dónde está mi ramo?
Miró asombrada alrededor suyo. Había perdido las flores.
—Más adelante cogeré otras. Ahora no me puedo detener. Si llego tarde no veré á las prendas de mi corazón, que huyen corriendo como las nubes sobre el mar... ¡Ay, desgraciada de mí! ¡Estar muerta y no poder seguirles!... ¡Estar en la fosa de Ficóbriga!...
Y se lanzó á la carrera hasta que le faltó la respiración. Oyó cantar á los gallos; vió pasar á dos hombres; ladráronle algunos perros y una cabra saltando sobre las ramas hízola temblar de miedo.
—Adelante, adelante. Ya me falta muy poco. Alas, Dios mío, yo quiero tener alas como esas con que vuelan de mundo en mundo tus ángeles.
Gastadas sus escasas fuerzas en febril carrera, encontróse casi imposibilitada de andar. Sus rodillas se doblaban, su cuerpo desmayado y flojo apenas podía mantenerse derecho. Sólo por un vigoroso esfuerzo de voluntad, que arrancaba del potente sentimiento de su alma, pudo andar con trabajo y lentamente un buen espacio. Cada poco tiempo tenía que sentarse sobre una piedra ó en el suelo.