—¡Oh, Dios mío!—exclamó apoyando su cabeza en las rodillas.—¡Si no podré llegar...! ¡Si me quedaré en este camino solo y frío...!

Abrasadas lágrimas caldearon entonces sus mejillas, y con esta rápida expansión verificóse en su mente como un deshielo, y tuvo ideas claras y exacta conciencia de la realidad.

—¡Me he creído muerta!—dijo cruzando las manos.—Viva estoy, pues que padezco... ¿Por qué he venido aquí?... Es mi corazón el que ha salido, y ha echado á andar en medio de las confusiones de un delirio... congoja horrible, presentimiento. Mi corazón ha gritado: ¡ladrones!... No sé lo que es esto. Sin duda un disparate... Pero yo quiero verle, verle á todo trance esta noche, porque mañana entraré en un convento ó moriré... Yo me creía difunta... ¿Puedo asegurar que no lo estoy? ¡Si parece que mi cuerpo se clava en la tierra; que toda mi vida se paraliza...! Señor, dame aliento y un poco de vida... Es preciso seguir adelante.

Y siguió hasta que pudo ver de cerca la torre semejante á un dedo.

—¡Ya estoy, ya estoy!...—gritó con placentera sonrisa de alegría.—Me arrastraré si no puedo andar.

Un cuarto de hora más tardó; pero al fin, apoyándose en una cerca de piedra y en los troncos de los árboles, pudo llegar á la anhelada ermita de Villamores.

Villamores es una aldea cuyas casas, diseminadas en gran extensión, forman pintorescos grupos entre las verdes mieses. Constituyen el grupo principal la Iglesia, la taberna y dos casas infanzonas de lúgubre aspecto. La Iglesia es una humildísima y caduca construcción con puerta románica, tejavana de podridas maderas y una torre. Junto á la Iglesia, formando como una sola pieza, se ve una casa que parece domicilio del sacristán, y en el vestíbulo existían (ya han sido derribados) enormes y espesos árboles que daban sombra á todo el edificio haciéndole más negro de lo que era. Parecía un anacoreta entapujado con el capuchón.

Aquella noche, veíase claridad en la puerta de la casa, luminosos rayos que salían por las hendiduras de la madera. Acercóse Gloria, y al mismo tiempo oyó voces.

—Están despiertos—pensó.—Es cosa muy rara. ¿Qué hora será?

Acercóse más. Creyó sentir ruído en la Iglesia, y vió también luz al través de la ventana de ella...