Los dos hombres se levantaron, y Juana, recogiendo con presteza el dinero, dió varias vueltas antes de abrir la puerta, porque su azoramiento y confusión la mareaban.

—¡Señorita Gloria!—exclamó torpemente al abrir.—Usted aquí... sola... ¡Dios nos valga!

—¿En dónde está?—dijo Gloria mirando á todos lados con desvarío.

—En la alcoba... señora—balbució la madre del sacristán.—¿En dónde había de estar?... tan hermoso como siempre... No esperaba esta visita de su mamá.

Gloria voló á la alcoba. Todos fueron tras ella, menos Sansón, á quien su amo mandó que saliese. Juana alumbraba. La madre corrió hacia la cuna, donde se veía la cara de un adormido ángel, sonrosado, cabellos negros, y dos puños de rosa cerrados fuertemente, cual si quisieran apretar el aire.

—¡Hijo mío!—exclamó la madre con desgarrador acento, cayendo de rodillas junto á la cuna.—¿Por cuánto dinero te han comprado?

María Juana murmuró algunas palabras para disculparse.

—Te perdono—afirmó Gloria sin mirarla.

Y volviéndose á Morton, le dijo sin rencor:

—¿Es cierto que le comprabas?