—Es cierto—repuso él gravemente.—Una monja no es una madre. Quiero llevármelo y me lo llevaré.

Quedóse la joven meditabunda junto á la cuna.

—Parece que Dios me ha traído aquí—dijo después de una pausa silenciosa y solemne,—para impedir que roben á mi hijo.

—¡Robar!... ¿eso puede decirse de un padre?

—Es verdad, he dicho mal—repuso ella mirándole con ternura.—Pero no: muerta yo, mi hijo debe quedar al cuidado de mi familia.

—¿Y por qué no al cuidado mío?

—Porque estará demasiado lejos. Yo no le veré más. Pero sabiendo que mi sepultura no está muy distante de la tierra donde él viva, me consolaré con la idea de sentir desde allá abajo sus primeros pasitos... Mas no debo expresarme de este modo, ¿no es verdad? Mi pobre cuerpo será polvo, y nada sentirá. En el Purgatorio, donde padecerá mi alma, tendré el consuelo de suponer á mi hijo en tierra de cristianos.

María Juana salió, dejándoles solos. La alcoba era estrecha, pero aseada. El lecho, la cuna y dos sillas la ocupaban casi toda, y en la pared, además de un Cristo en estampa, veíanse dos ó tres láminas devotas, entre ellas una que representaba, dibujadas con lentejuelas, la planta del pié de Nuestro Señor Jesucristo y la de su Madre.

Daniel y Gloria se sentaron junto á la cuna. Apoyaba ella fatigadamente su busto en el lecho cercano. Envolvía su semblante una sombra lúgubre; á ratos temblaba con frío de enfermedad, y si sus ojos lucían con extraordinaria viveza, su hermosa cabeza apenas podía sostenerse sin el auxilio de la mano.

—Vida mía—dijo el hebreo rodeándole los hombros con su brazo,—estás intranquila. Si es por lo que he intentado esta noche, cálmate. No haré sino tu voluntad.