—Ya no tengo voluntad.
—La has tenido bien firme y bien enérgica—prosiguió Morton en tono de amarga queja,—para rechazarme, para renunciar á ser mi esposa y consagrarte al ascetismo en un convento cristiano... ¡Y qué momento has escogido para abandonarme! El momento en que yo hacía por tí el más grande y el más doloroso de los sacrificios.
—Ya lo sé: el sacrificio de aceptar una religión que aborreces. ¡Terrible cosa es obligar al alma á una impostura semejante!... ¡Cuán claramente he leído en tu corazón! Tú me has dicho que nada de lo que siento se te oculta.
—Es verdad.
—Igual me pasa á mí. Hoy te he visto en espantosa lucha con tu conciencia, y me ha dado miedo.
—¡Miedo!
—Sí; me horroricé de verte haciendo el sobrehumano esfuerzo de jurar un Dios en quien no crees. Admiro el sacrificio y lo agradezco en mi corazón de mujer; pero no puedo aceptarlo. Mis tíos, sabios y todo como son, cayeron en el lazo; pero yo que soy tonta, te miré á los ojos y leí tu intención... Hace tiempo que Dios me ha dado una perspicacia asombrosa. No, no serás cristiano, si mi Dios no te ilumina; y mi Dios no te ha iluminado todavía.
—Es verdad—declaró Morton confuso,—que mi conversión era fingida. ¿A qué negártelo? No podía ser de otra manera. Pero tú me debiste admitir tal cual yo iba en busca tuya: debiste confiar en que tal vez nos entenderíamos después de casados.
—Así lo pensé—repuso, amorosamente la de Lantigua.—Yo decía para mí: «El viene con engaño; pero cuando viva constantemente á mi lado, confundidos nuestros pensamientos como nuestra vida, yo le haré cristiano verdadero. Insensiblemente vendremos á pensar y creer lo mismo.»
—¿Y por qué, por qué no has persistido en esa noble idea?—preguntó el israelita con desesperación.—¿Por qué cuando yo estaba á punto de salvarte has huído, desairándome de un modo incomprensible?