—¡Pobrecita mía! Un exaltado idealismo te trastorna. Por piedad, no violentes la idea del sacrificio haciéndola contraria á las leyes que nos ha dado Dios. Si me amas, ¿á qué esa renuncia cruel?...
—Para salvarte. No hay redención sin víctima.
—Sí, yo aseguro que la puede haber.
—Tú serás salvo.
—Mi salvación es amarte: no quiero otra.
—Entrarás conmigo en el Paraíso.
—Estando á tu lado estoy en él.
—Yo estoy llena de tranquilidad, tú de agitación. Yo confío y espero, tú dudas. Yo abrigo la seguridad de nuestra dicha futura, pero tu alma, incapáz de comprender esto, vacila y lucha con los errores que la poseen. Pero ella saldrá de ese caos; merece la luz y la tendrá. ¡Ay, cuánto hubiera sentido morirme sin decirte estas cosas! Mi pena más grande, aquella á que no podía resignarme, era la de verme al borde del sepulcro y no tener un instante á mi disposición para poder decir esto que te digo. He delirado como los que se mueren; he sentido que la vida se iba acabando en mí... Desesperada y confusa he dicho mil disparates, he reído como los tontos... he notado que cada parte de mi sér se dislocaba con las espantosas contracciones de la muerte... No sé qué idea terrible, qué fuerza misteriosa me arrojó de mi cama y me trajo aquí. Entre tanto desvarío, mi pobre razón vió con claridad una cosa... que me robarías á mi hijo para poseerme en él. Mi tío me dijo que te había visto entrar en casa de Caifás... Sospeché. Yo me moría, pero no estaba muerta, y si hubiera estado muerta, habría resucitado... Salí, corrí, volé... ¡Qué dicha tan grande poderte confiar mis últimos pensamientos antes de morirme! Estos pensamientos me hubieran pesado mucho llevándomelos conmigo.
Inclinó la cabeza sobre el lecho cercano. Daniel acudió á ella.
—¡Oh! ¡qué bien estoy aquí!—murmuró Gloria mirando á los ojos de su amigo á distancia de pocos dedos.—¡Mi hijo! ¡tú!... lo que más quiero en el mundo.