Gloria sacó su portamonedas, diciendo:

—Esta semana no te he dado nada. Toma.

—¡Bendita sea la mano de Dios!...—exclamó José tomando seis moneditas de plata.—Ya veis, hijos, cómo Dios no nos abandona... ¡Ah! señor cura, señor cura, no todos tienen corazón de hierro como usted.

—¿Qué dices del cura?

—Señorita Gloria—repuso Caifás enjugando una lágrima con la manga de la camisa,—desde el primero de mes ya no comeré el amargo pan de la parroquia. El señor cura me despide.

—¿Te despide?

—Sí, dice que por mis escándalos... porque tengo muchas deudas y no las puedo pagar, porque soy un tramposo, un miserable, un desdichado... Y tiene razón. Yo no debo estar más en estos lugares sagrados. Soy un tramposo, estoy comido de deudas; tengo empeñada hasta la camisa en casa de la Cárcaba y debo á D. Juan Amarillo más de lo que peso... Iré pronto á la cárcel y después á presidio y después á la horca, que es lo que merezco.

—Por Dios, José, me estás asustando—dijo Gloria, acariciando á los chicos, que se habían echado á llorar, viendo llorar al padre.—Si es verdad lo que dices, eres un hombre de muy mala conducta.

—Yo no soy más que Caifás el estúpido, Caifás el feo, Caifás el idiota, como me llaman en Ficóbriga, y Caifás el desgraciado, como me llamo yo.

—Francisca me dijo que el domingo estabas borracho como una cuba en el prado de la Pesqueruela.