—¡Oh! sí, señorita Gloria; es verdad. Me emborraché... ¿cómo lo diré? Estuve dudando si echarme al mar ó emborracharme para dormir algunas horas, para olvidarme de que soy Caifás el horrible. El vino alegra ó adormece... ¡Sueño y alegría! ¡Qué cosas tan divinas para quien no las conoce nunca!

—No, no vengas con disculpas—dijo Gloria en tono de amable amonestación.—Tú no eres bueno; yo no creo que seas tan malo como dicen; pero ello es que tú no eres bueno. Verdad es que estás mal casado y que tu mujer es capáz de hacer pecar á un santo.

—¡Oh Dios mío, oh Virgen mía, oh señorita Gloria!—exclamó Caifás, demostrando en lo lastimero de su tono que la herida de su corazón había sido tocada.—¿Cómo ha de haber virtud al lado de esa mujer? ¡Si usted la viera cuando entra aquí de noche, con el carpancho tan sucio como su cara, y su cara tan dura como el carpancho, pintada toda con la almagre del mineral, que no parece sino que la han echado de sus cavernas los infiernos!... Como en el embarcadero beben que es un primor, siempre viene alegre, me pega, me quita el dinero, azota á los chicos, da gritos, y echa unos cantorrios que escandalizan al señor cura y á todos los vecinos. Ella, señorita Gloria, es la causa de que yo tenga mi casa por los suelos, de que todas mis ropas y alhajas y colchones hayan ido á parar á casa de la Cárcaba, de que jamás tenga un real, de que esté á punto de ser llevado á juicio por don Juan Amarillo, y echado de la sacristía por el señor cura... ¡Esta es mi situación, esta es la situación de Caifás, el dejado de la mano de Dios!... ¡de Caifás, el que se irá al Infierno por culpas ajenas!...

—Eres un majadero—dijo Gloria con enfado,—¿por qué te dejas dominar por esa harpía?

—Yo no me dejo dominar por ella. Anoche reñimos y le pegué. Pero, aunque quiera, ya no puedo salir del infierno en que me he metido. Como no puedo pagar mis trampas, me echan de la sacristía, y como me quedo sin pan, pediré limosna, iré á la cárcel... No, señorita Gloria, yo creo que Caifás el feo no puede seguir viviendo... Me dan unas ganas de echarme al mar... ¡Qué bien se debe estar allá en el fondo, en el fondo!...

—¡Infelíz!—exclamó Gloria conmovida.—Ya se te amparará. No desconfíes de Dios, José; no pienses en el suicidio, que es el mayor de los pecados.

—Cuando usted me dice que tenga confianza, casi la tengo; cuando la veo á usted, parece que me sale de dentro un no sé qué... me siento más fuerte contra la desgracia... Dios debe de ser muy poderoso, cuando la ha hecho á usted, señorita Gloria... Mi vida es negra y obscura como este ataud. Usted pasa, me mira y parece que de esta caja salen flores. Sí, señorita mía, delante de usted yo soy otro... Adoro á la doncella celestial que me ha socorrido tantas, tantísimas veces, á la que me sacó de la enfermedad que tuve el año pasado, á la que no ha permitido que mis hijos anden desnudos, á la que se ha dignado consolarme, honrando mi humilde morada, á la única persona que me ha dicho: «Caifás, tú no eres tan malo como dicen. Confía en Dios y espera.»

—Eres tonto. ¿Eso qué significa?

—Significa que usted es un ángel... ¡Ay! si se me presentara ocasión de mostrarle mi agradecimiento... ¿Pero yo qué puedo si soy como un guijarro de las calles, á quien todo el mundo da con el pié?

—Vamos, no te acuerdes de mis beneficios, que no valen nada—dijo Gloria con impaciencia, mirando al cielo á ver si había concluído de llover.