—¿Están ahí mis tíos?—dijo Gloria abriendo los ojos.—Sí, les veo, allí están. Sentiría no despedirme de ellos... Ya, querida tía, estará usted contenta de mí. El sacrificio que usted me pedía, ¿no está hecho? La renuncia que usted me aconsejaba, ¿no está hecha?

Su espíritu, después del último período de lucidéz, había sido de nuevo arrastrado á las tenebrosas corrientes circulares del delirio, estado vertiginoso muy semejante á los remolinos del agua en la tromba.

—Pero la idea de usted, querida tía—prosiguió la enferma,—no ha podido triunfar completamente en mí, y al presentarme delante de Dios, le ofrezco las prendas de mi corazón y los nobles afectos de que no puedo desprenderme... ¡Oh Dios mío! no me es posible amarte como á un novio. No te veo grande, superior á todas las cosas, sino cuando veo bajo tu sombra á los que he querido en el mundo. Por Tí, mi esposo y mi hijo subirán conmigo á descansar á la sombra de ese árbol celestial en cuyas ramas cantan los ángeles.

Su voz se fué apagando, y sus facciones se alteraron demacrándose. Morton no pudo resistir más aquella situación y salió corriendo. En la sala inmediata no había nadie. Vió una puerta que conducía á obscuro pasillo, entró por él, y después de andar regular trecho en tinieblas, salió á un recinto alumbrado: era una Iglesia. En el altar donde ardían algunas luces, un pobre y humilde cura, con casulla raída, empezaba la misa de alba. La tercera parte de la Iglesia estaba llena de aldeanos. Desde la puerta de la sacristía gritó Daniel con todas las fuerzas de su voz:

—¡Socorro!

Mientras él estuvo fuera, Gloria sin notar su ausencia, hablaba de este modo:

—¡Oh, querido tío... ha vencido usted... qué grato consuelo para mí!... Mi conciencia no me acusa de nada, y muero tranquila con la santa absolución que usted me dió esta tarde en nuestra capilla. ¿Está usted contento de mí? Lo espero... Ningún nuevo pecado tengo que revelar. ¿No dije que me era imposible dejar de amarle? Si ahora está á mi lado, no le acuse usted á él. Yo he venido aquí y he venido sin culpa. Dios nos ha puesto juntos, en señal de nuestra unión eterna, allá donde no hay más que una religión... Usted llora, querido tío, ¿por qué? Soy felíz. Esta tarde, al confesarme, le dije que me cautivaba la idea del sacrificio y que deseaba hacerlo. Usted no lo aprobó, aconsejándome el casamiento, que ya era posible... pero se presentó la madre, surgieron obstáculos... aproveché la ocasión, me declaré libre... renuncié. ¿Qué mayor gozo que realizar en el Cielo fácilmente lo que en la tierra es tan difícil...? Usted sonríe. ¿No es verdad que tengo razón? ¡Bendita sea esta grandiosa idea! ¡Renunciar para poseer! ¡Morir para vivir! ¡Decir que no para que Dios nos diga !... Bienaventurados los que padecen... Usted llora, querido tío, y llorando me bendice... Ya estoy cerca, adiós...

Morton volvió corriendo al lado de ella. Tras él venían María Juana y otras dos mujeres.