—¡Se muere, se muere!—clamó Daniel con desesperación.
—Avisemos á la casa.
—Sí, sí. ¿No hay un médico aquí?
—Sí señor: le llamaremos... Corre, corre tú...
—Gloria, Gloria—gritó el hebreo llamando á su amiga.—¿No me oyes?
—Sí—contestó con entera voz.—Esposo, esposo mío, soy felíz, porque estaré unida á tí en la vida sin fin. ¿Dónde estás?
—Aquí... contigo... ¿no me ves?
—¿Y mi hijo?
—Aquí también.
—Ya le veo, ya le veo—dijo, demostrando en su mirar y en el tono de su voz que se hallaba de nuevo en estado de lucidéz.