—¡Esa, esa... esa es la mejor religión!...—exclamó el israelita estrechándola en sus brazos con delicadeza.—Creo en tí, en la fuerza inmensa de tu espíritu divino, al cual espero estar unido para toda la vida, allá donde no hay más que una religión.

—¡La mía!—balbució la moribunda con sonrisa inefable.

—¡La nuestra!—dijo Morton traspasado de angustia.

Hubo un instante de silencio. El hombre contempló en las pupilas de su amada aquel tenebroso hundimiento de la vida en los abismos ocultos, cuya luz no vemos los de acá. Sintióse fuertemente asido, como presa que va á ser arrastrada, y con los últimos alientos de la joven oyó estas palabras:

—Mañana... mañana serás conmigo en el Paraíso.

Todo movimiento y la fuerza nerviosa que estrechaba el cuello del hebreo cesaron. Separóse la persona de Gloria de la armonía de lo viviente, y su bella faz se fué apagando como ascua, quedando en perfecta calma aquella ceniza hermosa y tibia, á cada instante más fría, más blanca y más inmóvil. Creeríase que aún susurraba la vida en sus labios; mas era ilusión. Era que persistía la expresión sublime de sus sentimientos, y aquella ceniza sin lumbre amaba al parecer todavía. Los ángeles, acercándose suavemente, la tocaron con sus blandas manos, la examinaron, la suspendieron, y el fatigado espíritu suspiró al tener conciencia de su nueva vida. A punto que el alma libre tendía su primera mirada por lo infinito, Daniel Morton oyó las campanas que dentro y fuera de la Iglesia sonaban con estrépito. Era el momento en que el cura cantaba con su cascada vocecilla: Gloria in excelsis Deo. Todo era alegría en memoria de la resurrección del Señor.


XXXIII
Todo acabó.