Poco después entró á iluminar el fúnebre cuadro un rayo del sol, única antorcha digna de tal cadáver. Con el día llegaron anhelantes y llenos de congoja D. Buenaventura, Serafinita y varios criados de la casa. Puede comprenderse su consternación al ver lo que encerraba la triste alcoba, donde los gemidos de un hombre y el llanto de un niño, que se comía los puños, hacían más tétrico el silencio inalterable de aquellos labios cuyas palabras habían dado alegría al mundo.

Serafinita cayó de rodillas invocando al Señor; y su hermano, después de los primeros momentos de sorpresa y dolor, pidió explicaciones que no le fueron dadas. Más tarde, y cuando lo que restaba de la señorita fué trasladado á Ficóbriga, D. Buenaventura, á quien acompañó por el camino el hebreo, parecía no tener dudas acerca de la inocencia de éste en tan desastroso fin.

Don Angel, medio muerto de pena, no quiso salir de su habitación. Madama Esther, encerrada también en la suya, tenía los ojos encendidos de tanto llorar. Fué un día de general lástima y pena en la villa marítima, y el tiempo apacible desapareció, poniéndose obscuro el cielo, ceñudo y llorón. Corrían los vientos, y quejándose alborotada la mar, dejaba oir en toda la costa sus mugidores ayes.

A la mañana siguiente hubo entierro, al que asistió gran gentío, la mayor parte de él por verla; que ninguna curiosidad es tan viva como la que inspiran los muertos que en vida han sido objeto de la atención pública. Muchos lloraban durante la triste ceremonia; Caifás parecía un muerto que salía del hoyo para enterrar á un vivo; el cura, dragón formidable de los mares y de los montes, sollozaba como un niño; D. Juan Amarillo simbolizaba correctamente la tristeza oficial; algunos asistentes decían con más asombro que compasión:

—Todavía está guapa.

A las diez de la mañana la tierra había ya pasado su nivel sobre el cuerpo, y el mundo seguía su marcha. Ideas y acontecimientos, todo volteaba en la rueda fatal, dejando atrás aquella idea y aquel suceso caídos ya y segregados del movimiento humano. En tal movimiento debemos comprender la dispersión de los personajes principales de esta historia, dispersión lúgubre y obscura, como la retirada de los ejércitos que han dado encarnizadas batallas sin victoria. También aquellos nobles corazones habían venido de lejanas y contrapuestas tierras para pelear; habían peleado y se retiraban después chorreando sangre preciosa. ¿Quién los lanzó al bárbaro combate? ¿Volverían á empeñarlo? La querella subsistía, subsiste y subsistirá pavorosa, y antes que se acabe, muchas Glorias sucumbirán, ofreciéndose como víctimas para aplacar al formidable mónstruo que toca con la mitad de sus horribles patas á la historia y con la otra mitad á la filosofía, mónstruo que no tiene nombre, y que si lo tuviera lo tomaría juntando lo más bello, que es la religión, con lo más vil, que es la discordia; muchas Glorias sucumbirán, sí, arrebatándose del mundo que encuentran despreciable á causa de las disputas, y corriendo á presentar su querella ante el Juez absoluto.

En el mismo día partieron D. Angel y su hermana, el uno para su diócesis, la otra para su convento ó antesala de la bienaventuranza eterna. Partieron también los hebreos, como desterrados. D. Buenaventura se quedó tres días más para arreglar ciertas cosas; pero al fin marchó también. Rechinaron las llaves de la casa, se cerró todo; no quedó allí más que el viento, que jugaba con las persianas rotas y daba vueltas por las cuatro fachadas. De la que regocijaba el universo con su presencia no quedaba nada visible, y donde ella vivió no había más que soledad, silencio, olvido.

El año pasado, ó si se quiere, cuatro años después de los sucesos referidos, vimos restaurada la casa de Lantigua. D. Juan Amarillo no había podido atrapar tan hermosa finca y estaba lívido de desesperación, tristeza y codicia, por lo cual burlonamente le llamaban los de Ficóbriga D. Juan Verde. Su esposa, atacada de una ictericia crónica, se consumía tristemente, roída por un diente de cobre que le destrozaba las entrañas.

Habiendo conservado la casa para sí don Buenaventura, pasaba en ella los veranos con su simpática familia. De la señorita Gloria nadie ó casi nadie se acordaba ya. La aureola de memorias humanas se había marchitado en su frente; pero, ¿qué le importaba si tenía otra de luz inextinguible, cuyo resplandor, no por sernos oculto es menos vivo? Sobre su tumba habían grabado catorce apellidos. Don Silvestre quiso que se pusiera también un verso, un elogio, cualquier cosita aconsonantada de esas que constituyen la fúnebre gacetilla de los cementerios; pero D. Buenaventura no lo consintió. El olvido en que poco á poco ha ido quedando su preciosa memoria debe de ser para ella muy placentero, si desde la celestial inmortalidad donde reside puede dirigir una mirada de lástima á Ficóbriga.