De Serafinita se tenían noticias edificantes. Su santidad crecía sin que disminuyera su bondad, lo que era garantía de la salvación de alma tan notable. D. Angel no volvió más á Ficóbriga, y seguía gobernando su diócesis como él sabía hacerlo. Ahora se dice que le van á trasladar á otro arzobispado de más importancia, y en verdad lo merece. Recordaba siempre con amargo disgusto los sucesos del Sábado Santo de aquel año y la problemática conversión... ¿pero qué podía él hacer, santo varón, en medio de la terrible batalla de las conciencias? Si en aquel día no entró un alma nueva en el rebaño, no fué por culpa del digno y solícito pastor.

En el mismo año á que me refiero, es decir, cuatro después de aquella Semana Santa célebre en Ficóbriga por sus espléndidas procesiones (y no hubo más, porque D. Buenaventura dedicó su dinero á empedrar la villa), cuatro años más tarde, repito, un precioso niño jugaba en el jardín de Lantigua. Era y es la imagen viva de aquel chicuelo divino, cuyos ojos, tan lindos como inteligentes, miraron con amor al mundo antes de reformarlo. Diríase de él que no nació de madre, sino por milagro del arte y de la fe, recibiendo cuerpo y vida de la ardiente inspiración de Murillo. En Ficóbriga le llamaban y le llaman el Nazarenito. Tiene los ojos de su madre y el perfil de su padre, gracia, armonía, cierta severidad, lumbre extraordinaria en la fisonomía, el cabello castaño y rizado. Todos le adoran; le crían hasta con mimo, porque don Buenaventura no sabe negarle nada, y es de oir el horrible estrépito que hacen en la casa sus caballos de palo, sus aros con timbre, sus carretones, sus trompetas, sus velocípedos, sus fusiles, sus tambores y demás instrumentos de juego con que le obsequian un día y otro sus primitas, su mamá Antonia y su tío Ventura.

Entonces, es decir, el año pasado, vestía de luto. El no supo por qué; pero había una razón, y era que su padre había muerto en Londres. ¿De qué clase de muerte?, mejor dicho, ¿de qué enfermedad? De una que no tiene nombre. Había muerto después de dos años de locura, motivada por la extraña y sin igual manía de buscar una religión nueva, la religión única, la religión del porvenir. Sostenía haberla encontrado. ¡Pobre hombre!... Meditando se consumió, perdió la razón, y al fin se apagó como una lámpara á la cual dan un soplo.

¿Encontraría su ideal allá donde alguien le esperaba impaciente y quizás con hastío del Paraíso mientras él no fué?... Es preciso contestar categóricamente que ó dar por no escrito el presente libro.

Y en tanto, ¿no debemos aspirar á que sea verdad en lo posible lo que soñaron la enamorada de Ficóbriga y el loco de Londres? Tú, precioso y activo niño Jesús, estás llamado sin duda á intentarlo; tú que naciste del conflicto, y eres la personificación más hermosa de la humanidad emancipada de los antagonismos religiosos por el amor; tú, que en una sola persona llevas sangre de enemigas razas, y eres el símbolo en que se han fundido dos conciencias, harás sin duda algo grande.

Hoy juegas y ríes é ignoras; pero tú tendrás treinta y tres años, y entonces quizás tu historia sea digna de ser contada, como lo fué la de tus padres.

Madrid.—Marzo-Abril-Mayo de 1877.

FIN DE LA NOVELA