—Vea usted á dónde conduce la irreligiosidad, Sr. D. Juan—dijo, dando un golpe con la siniestra mano en la hoja impresa.—Oiga usted este caso.

Y leyó. D. Juan, apartando el jicarón, ahuecó la palma de la mano y la puso en el oído al modo de trompeta. Era un poco teniente, es decir, sordo de la oreja derecha, sobre todo cuando había variaciones atmosféricas. En tanto, D. Angel salió murmurando una cancioncilla y acompañado de su sobrina.

—Picarona—le dijo,—gracias á Dios que te echo la zarpa. Tu padre quiere hablarte.

Gloria sintió cierta pena, porque recordó que cuando días antes le dijo su tío «tu padre quiere hablarte,» fué para el enojoso asunto de Rafael.

Al pasar al jardín cogió en la puerta una flor de madreselva y se la puso en la boca para mascullarle el palo.

—Juan se queja—indicó el obispo,—de que no le has contestado aún á una pregunta que te hizo.

—¡Ah! ya sé...—dijo Gloria, sintiendo que las palabras de su tío se le clavaban en el corazón como espinas.

—Pero yo no me mezclo en tales asuntos—añadió Su Ilustrísima.—Allá te entiendas con tu padre. No es sino que como hoy se marcha ese joven... Pero hazme el favor de no andar tan á prisa, que mis piernas, hijita, no están para fiestas. Desde el día de la gran mojada...

—Cuando salvaron al Sr. Morton...

—Por bien empleado doy el chapuzón, eso sí. Gran conquista hicimos. Díme una cosa respecto á ese caballero...