Gloria se quedó atónita.
—Es decir, que se condenará—dijo Gloria vivísimamente.—Es lástima que teniendo tan buen corazón...
—Sí que es una lástima... Te confieso que estoy verdaderamente afligido, afligidísimo.
—Si da ganas de correr hacia él y gritarle: «¡Caballero, por Dios, sálvese usted, á dónde va usted...! Véngase usted con nosotros.»
—Justo, como cuando miramos á un ciego que, por no ver el camino, se va á caer en un pozo. Has interpretado á maravilla mi pensamiento. Yo estoy desasosegado desde que ese joven está en nuestra casa, y el día en que le vea marchar tendré un disgusto... quiero decir, si se marcha como ha entrado, ciego.
—Protestante.
—Cabal. Y me parece que soy indigno apóstol de Cristo si no consigo...
—¿Convertirle?—preguntó la señorita con incredulidad.
—¿Te parece difícil? Otras cosas más difíciles se han visto realizadas. Es imposible que Dios haya creado un ejemplar tan hermoso de la persona humana para dejarle perder. ¡Quién sabe si su sabiduría infinita encaminó á este hombre á nuestras playas abriéndole con el naufragio el camino de su salvación!