—¡Oh! yo he leído bastante, y por mi parte no puedo acusarme de haber hecho daño alguno á la Iglesia ni á las personas eclesiásticas. Por el contrario, en mis discursos, en las conversaciones privadas con mis amigos políticos, siempre he dicho: «Señores, la religión antes que todo. No quitemos al pueblo ese freno moral... Conviene, pues, que la Iglesia esté de nuestra parte. Es el gran auxiliar del Estado, y hay que tenerla contenta. ¿Pide seis? pues darle ocho...» Aborrezco á esos que se llaman filósofos y libre pensadores y que se ponen á gritar en las asambleas y en los clubs, haciendo ver que la Iglesia es esto y lo otro. Yo les digo: Señores, en el fondo casi estamos conformes. ¿Cómo puede negarse que muchas de las cosas que nos quieren hacer creer, no andan muy acordes con el sentido común? Pero ¿hay necesidad de subirse encima de una silla y decirlo á todo el mundo? El pueblo ignorante no lo entiende, y al oir á ustedes, cree que le están permitidos el robo y el asesinato. Hay que mirarse bien antes de propagar ciertas doctrinas... Por esto soy enemigo de esos charlatanes, y en mi humilde esfera defiendo con la palabra y con la pluma las creencias religiosas, la doctrina toda de la Iglesia católica, el culto y el clero, venerandas instituciones sobre las cuales descansa el orden social; defiendo la fe de nuestros padres, las prácticas sencillas, las oraciones que nos enseñó nuestra madre en la cuna, todo eso, en fin, tan fácil de aprender y tan bonito... porque la religión es bonita. Yo he estado en Roma, he visto muchas ceremonias en San Pedro. ¡Ah, Sr. D. Silvestre! Es cosa que entusiasma... ¿Pues y las procesiones de Sevilla?... Todo esto debe conservarse.

—Todo esto debe conservarse; pero lo que importa principalmente es la fe, y si ésta no se conserva...

—Sí, también, también. Todos debemos trabajar para que crean los demás, para difundir los dones del Espíritu Santo, para que se mantenga incólume la fe de nuestros padres... ¡Oh, la fe de nuestros padres!

—Usted, Rafael, pertenece á la escuela de los que defienden la religión por egoísmo, es decir, porque les cuida sus intereses. Ven en ella una especie de guardería rural, y dicen: «La religión es muy buena: debe creerse: verdad es que yo no creo; pero crean los demás para que tengan miedo á Dios y no me hagan daño.» En tanto no se cuidan de los altos fines religiosos ni de la vida eterna.

—¡La vida eterna!—dijo D. Rafael del Horro.—Aquí está la gran cuestión. ¡Admirable idea para que la sociedad no se desborde!

—¿No cree usted en ella?

—Sí; forzosamente ha de haber alguna otra cosa después del morir... porque no debe acabarse uno sin más ni más... Pero digo yo: si después que expiremos resulta que no hay nada de lo dicho, y caemos en profundísimo sueño, ¡que chasco, amigo Romero! Y la verdad es que por mucho que uno piense, no puede limpiarse de dudas. Francamente, eso de que lo que no es ni sombra, ni aliento, ni rayo, en suma, lo que no es nada, siga viviendo después del hoyo, y nos manden al Cielo ó al Infierno... ¡Ah! lo que es esto... No hay quien me haga creer en el Infierno. ¿Es posible que usted me sostenga que hay un pozo lleno de fuego donde caen los que han hecho picardías? Vamos, yo creo que la misma Iglesia ha de tener que transigir al fin diciendo que eso del Infierno es... cualquier cosa, nada entre dos platos... ¿Pues y la vida eterna y el paraíso? En fin, se aturde uno al pensar en ello, y más vale dejarlo á un lado.

—Vive Dios—exclamó con vehemencia don Silvestre Romero dándose fuerte porrazo en la rodilla con la palma de su mano de oso,—que si yo recordara lo que he leído en mis libros, le contestaría á usted punto por punto á todas esas cuestiones, dejándole tan convencido de que hay alma, de que hay Infierno, de que hay Cielo, como de que ahora es día; pero tengo una memoria infame; leo hoy una cosa y mañana se me olvida. Luégo mis ocupaciones... figúrese usted que este ir y venir al Soto y á la playa há tiempo que no me permite abrir un libro. ¡Vaya con el don Rafael, qué ideas tiene! Cáspita, no se ha de decir esto á los electores, porque entonces... Al contrario, todo ha de ser religión y más religión. A este son les hemos tocado siempre, y á este son bailan que es una maravilla.

—Bailarán también ahora—dijo del Horro sonriendo;—por cierto, Sr. D. Silvestre, que si no nos vamos hoy, me parece que llegaremos tarde.