—Tenemos tiempo de sobra. Esta noche llegamos á Villamojada, vemos á los amigos; pasado mañana á Medio-Valle, vemos á los amigos... Todo se reduce á pasar de pueblo en pueblo y á ver amigos. Fíese usted de mí, hombre. En todo lo que sea de los Madriles y de la política gorda, puede discurrir y quebrarse la cabeza; pero en esta tierra y en elecciones, déjeme usted á mí y cállese y estése quieto. Cada uno en su elemento.
—No me falta confianza, señor cura Caraculiambro—dijo Rafael dando una gran palmada en el hombro del gigante clérigo.—¡Oh! si todos los negocios que he traído á este Ficóbriga de mil demonios fueran tan bien como el de mi elección...
—¡Ah! ¿Lo dice usted por la señorita de Lantigua? ¡Qué bocado de ángeles!... Usted tiene la culpa de que este pez no haya picado...
—¡Si Gloria no me quiere, ni parece inclinarse á quererme nunca...!
—Ya; después de casada ya la enderezaría yo—afirmó el cura.—Ello es que usted ha puesto su asunto en manos de D. Juan, y éste con las finuras y tiquis-miquis que usa lo habrá echado á perder. Si yo fuera D. Juan, saldría del paso diciendo: «Niña; á casarse, y chitón.»
—A mí nadie me quita de la cabeza que Gloria tiene algún novio en Ficóbriga—dijo Rafael pensativo.
—Lo que es eso... Yo sostengo que esta niña, á pesar de su viveza y de sus ojos que echan lumbre, es un hielo.
—Qué sé yo, qué sé yo...—indicó el joven campeón de Cristo mirando fijamente al suelo y pronunciando con mucha lentitud palabra tras palabra;—le digo á usted que esa niña me tiene ya hasta la corona.
Gloria no quiso oir más y se retiró.