Don Angel acercó su silla á la silla de su hermano.
—Que es un alma profundamente religiosa, llena de fe...
—Falta saber qué especie de fe...
—Tienes razón—dijo el obispo rectificándose con presteza.—Llámalo predisposición á la fe, íntimo anuncio de la verdadera fe que ha de venir. Al estado de ese noble espíritu le comparo yo á una lámpara perfectamente preparada, llena de aceite hasta los bordes y con su mecha en toda regla. No falta más que encenderla.
—¡Y es nada!
—Basta un fósforo, que es un soplo, una ráfaga, el momento convertido en luz. Lo que no conseguirás por todos los medios del mundo es dar lumbre á una lámpara vacía.
—Seguramente.
—Nuestro Sr. Morton—añadió D. Angel,—podrá estar á obscuras de la verdadera luz, pero bien se conoce que no es por falta de ojos. ¡Cuán distinto es de muchos jóvenes de por acá, que diciéndose cristianos católicos y habiendo aprendido la verdadera doctrina, nos muestran en su frivolidad y corrupción moral, almas vacías, almas obscuras, almas sin fe, los sepulcros blanqueados de que nos habló el Señor!
Gloria se acercó á su padre.
—¡Buena se ha armado en la Asamblea de Francia!—exclamó de súbito el doctor Sedeño, que leía un diario.—Esto es la dispersión de gentes. ¡Oh! ¡Francia, Francia, bien merecido lo tienes! Oiga Usía Ilustrísima y formará idea de cómo se acaba un país por abandonar las vías del catolicismo.