Don Angel miró á su secretario y al periódico que leía.
Gloria puso la mano sobre el hombro de su padre.
—¿Qué quieres, hija mía?—le dijo éste cariñosamente tomando aquella mano.—¡Ah! picarona, ya que estás aquí no te marcharás sin llevar un buen sermón.
—¿Por qué?
—Porque no tienes formalidad. Hace días te hablé de un asunto; me prometiste contestar pronto, y esta es la hora...
—Pues bien, papá—indicó Gloria inclinándose.—Voy á contestar.
Don Juan dejó la pluma.
—Y contesto que no—dijo la señorita sonriendo y reforzando su frase negativa con un vivo movimiento de cabeza.
—¿Rehusas?
—Rehuso... pero de todo corazón.