—Y así debe ser, amigo mío—manifestó Su Ilustrísima, estrechándole la mano.—El recuerdo de la limosna incumbe al que la recibe. Oiga usted al Sr. Morton. ¡Qué bien caen en su boca los elogios de la valentía de usted!

—¿Y al fin el Sr. D. Daniel se nos marcha?—preguntó Romero.

—No—repuso el obispo.—Con permiso de mi hermano, acabo de invitarle para que esté aquí quince días más ó un mes.

Don Juan, que meditaba al lado de su hija, alzó la cabeza y dijo:

—¿No te parece que bastará con ocho días?

—Como quieras; pero ya le he dicho que quince días...

—Como quieras tú—indicó D. Juan.—Lo que ahora nos importa más es comer. Gloria, esa comida, por amor de Dios. Mira que estos dos señores tienen que marcharse pronto.

—Ya pueden ustedes bajar—repuso ella con semblante animadísimo, derramando claridad y alegría por sus negros ojos.—Tío, señor doctor, señor cura, Rafael...

Al suave anuncio del comer, Sedeño dejó en paz la prensa periódica.