—¿Baja hoy el Sr. Morton?
—Sí, hoy baja por primera vez—dijo Su Ilustrísima.—Aquí está.
Una sombra se interpuso en la puerta. Era Morton, todo vestido de negro, pálido, hermoso y demacrado, semejante á un mártir de los primeros siglos que, resucitando, se pusiera levita.
—Bien, amigo, bien por ese valor—gritó el cura saliendo al encuentro del extranjero.
El señor obispo salió apoyándose en su bastón. Ofrecióle Daniel el brazo y bajaron ambos delante. Siguiéronle los demás.
Gloria se quedó la última.
XXIII
Dos opiniones sobre el país más religioso del mundo.
Daniel Morton no salvó sino una parte muy pequeña de su equipaje, que era considerable; pero sí los fondos que traía en la caja de á bordo á cargo del capitán. Este fué á visitarle el día en que partieron todos los náufragos, y entrególe lo que de él había recibido, descontando una cantidad que Daniel destinó á auxiliar á la tripulación. Púsose luégo éste en relaciones con el cónsul inglés de la capital de la provincia (situada á diez y seis kilómetros de Ficóbriga por camino real), y recibió dos grandes baules con efectos. Al día siguiente de su primera salida de la casa, Morton tuvo la abnegación de confiar su persona á un descuadernado cajoncillo, que usurpando aleve el nombre de coche, iba todos los días á la capital de la provincia, moliendo gente so pretexto de llevarla y traerla. Por la noche Daniel volvió caballero en un gallardo potro negro.