—Fuí con intención de comprar un caballo, aunque sin esperanza de encontrarlo—dijo al llegar junto á la verja de la casa, donde se habían detenido los tres Lantiguas después de su paseo vespertino;—pero he podido conseguir este animal, que no es un prototipo de belleza, pero que anda.

—A mí me parece arrogantísimo y digno de Santiago, si fuera blanco—dijo D. Angel.

—Pues no creí yo que allá encontrara usted tan buena pieza—indicó D. Juan examinando el corcel.—Es de lo poco bueno que se suele encontrar por estas tierras.

Gloria no dijo nada.

Morton, después de dejar su caballo, subió diciendo:

—Ya tengo caballo. No me falta más que escudero.

Y aquella misma noche cerró el trato con Roque, criado de la casa, para que un hijo de éste, nombrado Gasparuco y que parecía bueno, le sirviese de criado.

—Por lo visto se despierta en usted la afición á nuestro país—dijo el Sr. de Lantigua.—¿Y le tendremos á usted mucho tiempo por aquí?

—Es posible que sí—repuso Morton.

En pocos días el caballero hamburgués visitó y conoció prolijamente toda Ficóbriga, en especialidad la Abadía, curiosísima obra del undécimo siglo, que no por estar tan dejada de la mano de los hombres, toda destruída y afeada, carecía de encantos para el artista. También vió el castillo desmantelado, el torreón ó cubo señorial que se alza más arriba de la huerta abacial, ogaño cementerio, y las casas infanzonas de la villa, algunas de las cuales llaman con justicia la atención de los forasteros.