—Hace usted un uso poco razonable de la fantasía—le dijo bondadosamente y en tono de maestro.—De esa manera nunca me probará usted que España es el país menos religioso del mundo. ¿Por ventura, amigo Morton, no ha visto usted en él algo que le pruebe lo contrario?
—No significan nada para mí—continuó Daniel,—las manifestaciones teatrales de devoción, que son más bien políticas que religiosas. Yo me río de la piedad de un pueblo que, como Madrid, habla mucho de religión, y sin embargo, jamás supo levantar un solo templo digno, no digo yo de Dios, pero ni aun de los hombres que entran en él. En Madrid, pueblo rico, vemos más teatros que en Londres, una plaza de toros que es un monumento, cafés soberbios, tiendas, paseos y distracciones donde se conciertan el lujo y las artes; pero no hay una sola Iglesia que no sea una pocilga.
—¡Por Dios, Sr. Morton!—dijo Lantigua,—eso es demasiado duro.
—Un poco duro—repuso el extranjero riendo,—pero la idea es exacta. Y lo que pasa en Madrid pasa en toda España. El sentimiento católico, que en este siglo no ha levantado un solo edificio religioso de mediano valor, es tan tibio, que no se manifiesta en cosa alguna de gran valía y lucimiento. El país más piadoso ha venido á ser el más incrédulo. El país más religioso, y que tuvo tiempos en que la piedad se asociaba á todas las grandezas de la vida, al heroísmo, á las artes, á la opulencia, á la guerra misma, ha concluído por formar de la piedad cosa aparte; separada de lo demás. Un hombre devoto que se persigna al pasar por la Iglesia, que confiesa y comulga semanalmente, es en la mayor parte de los círculos un hombre ridículo.
—¡Por Dios, amigo Morton!...
—Señor de Lantigua, por Dios, dispénseme usted; pero es fuerza decirlo. Hábleme usted con su franqueza de hombre honrado y de católico sincero. Dígame usted si hay en España mujer alguna capáz de dar su corazón y su mano á un hombre que pase tres ó cuatro horas todos los días dentro de la Iglesia, que se rompa el pecho á golpes, que tenga su casa llena de agua bendita, y que entone una oración al realizar los actos más insignificantes de la vida, cuales son salir á la calle, entrar en ella, estornudar, etc... Un devoto, tal como lo conciben las congregaciones piadosas del día, es un ente irrisorio: confiéselo usted. Hasta los mismos que defienden á pié firme la religión y se llaman soldados avanzados de las filas de Cristo cuidan mucho, en sociedad, de disimular todo lo posible su ortodoxia, ó mejor dicho de olvidarla, so pena de perder gran parte de las simpatías y de las amistades que por sus prendas, su figura ó sus virtudes hayan logrado alcanzar.
—Algo hay de eso; pero no tanto, amigo mío.
—Quizás los de casa no vean esto tan claramente como los extraños—dijo Morton.—Quizás yo me equivoque; pero he manifestado mi opinión con lealtad. Creo á España el país más irreligioso de la tierra. Y un país como éste, donde tantos estragos ha hecho la incredulidad, un país que tanto tiene que aprender, que tantos esfuerzos debe hacer para nutrirse, para llenar de sangre vigorosa sus venas por donde corre un humor tibio y descolorido, no está en disposición, no, de convertir á nadie.
Breve rato estuvo D. Juan de Lantigua sin dar contestación; pero al fin, con cierta sequedad, muy propia de su carácter, habló así:
—No aseguro yo que mi país sea hoy el más piadoso del mundo. Por desgracia no le falta á usted razón en parte de lo que ha dicho, pero creo que si siguiéramos discutiendo, hallaríamos iguales ó quizás peores señales de descomposición en otras tierras que usted me presentará como modelo. Hay aquí hombres perversos, hay hombres indiferentes en grandísimo número; pero tenemos intacto el tesoro de nuestra doctrina, conservamos la semilla, y un período de protección del cielo puede hacerla fructificar. En medio de la torpeza y frivolidad que por todas partes se ve, existe pura y entera la fe, no dañada ni podrida por los errores, y la fe ha de triunfar, la fe ha de dar resultados de virtud, si no hoy, mañana.