»Deploro los desórdenes de mi patria: pero no los creo irremediables como la muerte, como la podredumbre que constituyen el fondo de otros países bajo engañosa cubierta de prosperidad, de orden, de brillo artístico, industrial, social. Cada raza tiene su organismo propio. No sé si Dios me dejará ver el día de la regeneración total del mundo, pero esta regeneración, no la busque usted, no la busque usted fuera de los principios inmutables de la moral católica. De entre las ruínas no renacerá sino aquello que haya conservado el germen de esa moral, y ese germen, Sr. Morton, lo tenemos nosotros, nosotros, sí, aunque usted no lo vea.

»Quíteme usted las revoluciones chicas ó grandes, las ideas subversivas que vienen de fuera, y que en otros países tienen aplicación transitoria; quíteme usted la propaganda de doctrinas contrarias á nuestra naturaleza social, y entonces podrá ver usted que esta nación, resucitada y puesta en pié después de tantos años de aparente muerte, se hallará de nuevo en disposición de convertir á todas las gentes en uno y otro mundo, de convertirlas, sí, señor, porque la posesión de la verdad, le da derecho á decirlo y á ejecutarlo resueltamente.

Iba á contestar Daniel, cuando se oyeron voces en el jardín de la casa, y con las voces lamentos y lloro de chiquillos.

—¿Qué es esto?—preguntó Lantigua desde la ventana.—Gloria, Gloria...

Morton se asomó también.

—No es nada—dijo Lantigua retirándose.

—Son los hijos de Caifás que vienen pidiendo auxilio en nombre de su padre, un perdido, un borracho, á quien estoy cansado de socorrer.

Su Ilustrísima, desde el jardín, llamaba á D. Juan.